ÁNGEL NIETO. EL CAMPEÓN QUE DIO GAS AL ALMA.

Texto redactado por Noelia Jiménez a partir de la entrevista con Óscar Haro, Director Deportivo LCR-Honda.

Hay ángeles que nunca deberían irse al cielo. No, porque gracias a ellos la tierra es un poco menos áspera. Porque, de buenas a primeras, le pegan un acelerón a la vida y le dan gas a tu alma.

Como él. Como Ángel.

Cuesta hablar de un tipo así en pasado. Sobre todo cuando más de media vida la has corrido a su lado. Y decir eso de alguien a quien consideras un dios es uno de esos pocos regalos que te llevas cosidos a los recuerdos.

El campeón apareció en el taller en el que yo trabajaba, en Vallecas, con su leyenda a cuestas. Con su sonrisa y su cara de macarra bueno. Y, no sé cómo, pero nos revolucionó a todos. Lo tuve claro. Tenía que ser amigo suyo.

No era difícil. Ángel era un tipo de esos que van sembrando buen rollo por donde pisan. Pero lo que no imaginaba es que, más allá de la amistad, compartiríamos algo tan grande como el proyecto de vida de sus hijos y su sobrino: aquel equipo con el que Pablo y Fonsi comenzaron a rodar en el Campeonato de España de Motociclismo, en el que de algún modo lo deportivo pasaba a un segundo plano para convertirnos en una familia de esas que no necesitan la sangre porque tienen el corazón.

En el fondo se trata de magia. De una chispa especial que te hace irresistible, más allá de la seducción que a uno le ronda cuando lleva el podio cosido a los pies. Se trata de la ilusión y el respeto extremo por cada detalle de la vida. Del encanto de la sensibilidad. Esas cosas tan difíciles de explicar que solo pueden tener los seres que cada día toman una curva al filo de la muerte. Solo ellos pueden valorar tanto la vida.

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Y lo hizo hasta el último minuto. Una tarde antes de aquel quad. De aquel cruce y aquel frenazo. Le llamé porque le echaba de menos. Nos fuimos a comer. Estuvimos cinco horas arreglando el mundo. Él en especial. Y nos despedimos como si nada. Como cuando uno se sube a una moto para emprender un viaje de unas cuantas vueltas a un circuito. Como si todas las curvas condujesen al mismo sitio de siempre.

De algún modo, puede que fuese así. Puede que aquella curva que no lo era y aquellas dos ruedas que eran cuatro le llevasen, definitivamente, al lugar donde se ganan todos los grandes premios: el corazón y la memoria de aquellas personas que amamos.