BOND, ROGER BOND.

Texto: Noelia Jiménez.

Fue siete veces siete. Y eso es tanto como decir magia. Porque quizá no fuese el mejor, pero sí el James Bond más celebrado.

Con su flema británica y su peculiar humor, tan propio de esa Albión que en su sonrisa dejaba de ser pérfida, Roger Moore se convirtió en el icono por excelencia de James Bond. Fue 007 en siete ocasiones, aunque para él hubo una por encima de todas: “La espía que me amó”. Quizá porque se dejó querer, y eso lo demuestran sus cuatro matrimonios, póker de compromisos mezclados con una vida sentimental de película más allá de los anillos.

El guion rocambolesco de sus amoríos –con teteras voladoras y guitarras rotas en la cabeza del conquistador– solo es comparable al que la suerte quiso escribir para traernos a Moore al mundo del celuloide: después de que le despidieran de su trabajo de chico para todo en un estudio de animación, su padre –sargento de policía– aterrizó en la casa del director Brian Desmond Hurst para investigar un robo. Y no se sabe si encontró al culpable, pero sí el futuro de su hijo, agazapado tras un papel de extra en la película “César y Cleopatra”. De ahí al ejército, del ejército al teatro, de las tablas a los flashes como modelo y de las revistas a Estados Unidos, donde la gran pantalla se le quedó pequeña: los rayos catódicos le iluminaban una carretera de camino al cielo a bordo de un Volvo blanco con “El santo”.

Y luego “Los Persuasores” se pusieron al servicio de Su Majestad para ponerle en bandeja un cóctel explosivo: tipo guapo, sonrisa sugerente y una manera inimitable de aspirar el humo de un Montecristo. El Martini no lo probó nunca, como tampoco el volante de un Aston Martin.

Porque no todos los James Bond son iguales. O porque Roger Moore es diferente. Que ya dijo bien claro eso de “No pienso irme a ningún lado”.