MICHAEL JORDAN. SPACE JORDAN.

Texto: Alba Oliva para Amante Magazine.

-¿Tú crees que ha sido un gran tiro? ¿Crees que la gente lo recordará?

-Michael, ha sido el tiro más importante que hayas metido jamás.

-Pero no ha sido sobre la bocina.

-Michael, será el más importante de tu carrera.

-Ya veremos…

Esto ocurría en la final de la Liga Universitaria entre Carolina del Norte y Georgetown. Por aquel entonces tenía 19 años y unas ganas inmensas de comerse el mundo. Hoy, después de seis anillos con los Chicago Bulls, diez títulos como máximo anotador, cinco MVP de la temporada, seis MVP de las Finales, líder en robos de balón y premio al mejor defensor… no podemos hablar de otro Michael que no sea Jordan.

El 6 de octubre de 1993, tras nueve temporadas en la NBA y tres anillos con los Chicago Bulls, Michael Jordan cerró las alas que se abrieron aquella noche de instituto. Jordan dejaba su pasión, se retiraba del baloncesto. Un break que duró apenas una temporada, aunque para los amantes del basket y del mejor escolta de la historia, aquella espera fuera eterna. Una interrupción pasajera que le ayudó a recuperar su apetito competitivo y el ansia por machacar al rival. A su vuelta, en la temporada 94-95, la leyenda se escribió sola: Jordan había vuelto… ¡Y de qué manera! 

A pesar de sus idas y venidas, el baloncesto se convirtió pronto en su razón de ser; el béisbol, su deporte de adopción; los Chicago Bull, su coronación; el dream team, su sueño; los dos oros Olímpicos, un juego de niños; las Air Jordan y Nike, su marca de cabecera; y cómo no, los Looney Tunes, sus mejores amigos.

Era capaz de congelar los segundos de cada último cuarto de partido para anotar el tanto definitivo. Su trash talk en la cancha lo convertía en una fiera, y su clásico fadeaway era irresistible. Defenderlo se convirtió pronto en una misión apta sólo para valientes. Estábamos ante el mejor jugador de baloncesto de la historia. En la cancha, un fuera de serie que no fallaba un tiro libre, en la calle, echaba balones fuera.