VIVIR EN HOTELES Y LA “VIDA PRIVADA”. LOS HOTELES PONEN UN MONTÓN

TEXTO: Glòria Galiano.


Por circunstancias de la vida, he pasado largas temporadas trabajando lejos de casa. Eso significa que he pasado largas temporadas viviendo en hoteles de lunes a viernes. Cuando eso sucede son muchos los que te envidian, pero quienes hayan pasado por esa experiencia me van a entender cuando digo que acaba siendo agotador.

Es agotador el trajín que implica hacer y deshacer la maleta cada semana. Intentar cada lunes meter tu vida en una maleta que se pueda llevar en cabina. Es agotador coger aviones como quien coge el metro. Pasar controles, evitar los zapatos que pitan y exponer en la maldita bandeja de plástico lo que llevas en los bolsillos. Es agotador evitar todas las mañanas la tentación del bufet libre del desayuno. Despreciar los crujientes croissants de mantequilla y racionar las tentadoras mermeladas. Es agotador apartar las amenities del baño y vaciar el neceser para volver a recogerlo el viernes. ¡Todo eso es agotador! Pero lo peor, lo más agotador de todo, es la falta de “vida privada”. 

Si estás en un hotel de vacaciones, tienes esa inmensa sensación de libertad que da el anonimato. Nadie te conoce, probablemente no volverás a verles nunca y no saben de ti más que lo que viene en tu tarjeta de crédito. ¿A quién le importa lo que piense un botones si una noche llegas acompañada por un apuesto nativo? Pero cuando tienes que volver a ese hotel la semana siguiente, la otra y la otra… Eso cambia radicalmente. 

De repente tienes la sensación de que todos tus movimientos son controlados por un enjambre de amabilísimos empleados a los que conoces y que sólo intentan hacer tu estancia lo más agradable posible. De repente las camareras te dan los buenos días mientras empujan el carro con toallas limpias, saludándote por tu nombre y dibujando una sonrisita. Y una, que acaba de despedir a un comercial de rodamientos con unos ojos azules increíbles, no puede evitar revisarse el pelo y la ropa en el espejo del ascensor por si queda alguna señal evidente de la noche pasada. Pero aún hay algo peor. La sensación de que el recepcionista sabe más de tu “vida privada” que tu mejor amiga. Y esa miradita reprobadora que parece adivinarse en él cuando haces el check out después de una semana “movidita”. 

Porque no sé qué pasa, pero hay semanas muy “moviditas”. Cuando estás fuera de casa, parece que las feromonas se activan y la atracción sexual aumenta de manera inconsciente y sin explicación aparente. Los compañeros de trabajo parecen mucho más guapos cuando estás fuera del entorno habitual. Y es inevitable –y muy deseable- que “te saquen por ahí” para que no estés sola. Que si una copita after work, que si esta noche te llevo a probar la gastronomía local, que si mañana tienes que venir a una fiesta… Sinceramente, además de las feromonas, creo que también influye que para ellos eres nueva, a veces extranjera y además te vas a ir. Y para más inri, te alojas en un hotel. Y la verdad es que los hoteles “ponen” un montón. 

Los hoteles “ponen” y te lo ponen fácil. Porque cuando vives en un hotel, aún si tienes que rechazar por el bien de todos ese sinfín de oportunidades que se presentan en el trabajo, las ocasiones surgen sin querer. Fuera de temporada y en días laborables, los hoteles alojan mayoritariamente almas trabajadoras, desplazadas, solitarias y aburridas. Almas que coinciden en la cafetería, en la recepción, en el restaurante, en el ascensor… Almas y cuerpos que se encuentran y se hacen compañía.  

Y esa es la opción que con el tiempo descubrí que era la mejor para mantener la “vida privada” a salvo cuando vives en un hotel. Si compartes tu “vida privada” con otro huésped todo es mucho más sencillo. Los movimientos de una a otra habitación son siempre más discretos y las entradas y salidas no llaman tanto la atención. Aunque siempre está el barman avispado que se queda con la copla cuando tomas unos cocktails acompañada de otro huésped… ¡Pero eso es lo que tienen los cocktails estés donde estés!