JUDY DIXIT

Texto: Félix Sabroso para Amante Magazine.

En una divertida secuencia de Easter Parade, Judy caminaba por las calles acompañada de Fred Astaire, y éste, para comprobar el gancho artístico y atractivo de la actriz, le pedía que se adelantase a él y avanzase sola para ver si era capaz de captar las miradas de los viandantes. Así lo hacía y con Fred a sus espaldas, Judy inflaba los carrillos y deformaba su expresión siendo objeto de todas las miradas y por tanto sorprendiendo y convenciendo a su mentor. 

Frances Ethel Gumm no era bella pero su voz nos dijo lo contrario y supimos escucharla. Nos envolvió su canto de sirena y vimos belleza, claro. Más conocida como Judy Garland, la niña del Mago de Oz, tenía la cadera alta, el talle corto, las piernas escuálidas y un rostro de eterna niña que nunca se hizo mayor porque siempre fue vieja, entre sabionda y avispada, entre pizpireta y frágil. Judy era básicamente graciosa y la belleza, claro, es gracia. Una forma de comunicación, una suerte de lenguaje que genera empatía y respuesta. 

Judy gozaba de toda la empatía y desde luego generaba respuesta. Lo supieron los grandes estudios y desde luego se afanaron en exprimirlo desde su infancia. Nadie duda ante el discurso inequívoco del talento inquebrantable. Ella cantando nos decía: miradme, soy bella. Y así, claro, la vimos todos porque no hay nunca posibilidad de contradecir lo que se nos canta con embriagante candor, desde un dolor tan genético y saltarín. No hay posibilidad, ni tiempo tenemos para no complacer el férreo anhelo de gustar de los artistas. Pero, además, ser una inmensa estrella y a la vez ser tan rompible, ser poseedora del éxito rotundo y a la vez protagonista 

de tanta adversidad, estar en manos de los eternos despiadados de las cifras y los contratos y, sin embargo, querer, como una niña obediente, gustar y contentar, en búsqueda siempre desesperada del amor del público. 

Todo esto convierte a Judy en un una metáfora redonda y global de todo lo humano. Nadie que haya sufrido y anhelado puede excluir la identificación. Dice la canción: El glamour de la locura es pasajero, un espejismo, un quiero y no puedo [...] y, sí, es un rezado convincente y esgrimible, pero todas las verdades tienen su excepción, sufren la existencia de su contrario para poder, precisamente alcanzar el estatus de certeza. Y claro, Judy es precisamente la excepción a esta máxima: Su desorden emocional ha conseguido que su glamour no sea pasajero. Y aunque ya sabemos que el glamour no es belleza, es desde luego un convincente sustituto. Es la belleza por uno mismo y para uno mismo fabricada a partir del propio deseo. 

Todo el mundo es Judy y por tanto todo el mundo es bello por el sencillo hecho de albergar esa búsqueda. La aspiración a alcanzar otros lugares, otros estados y otros aspectos, hace que parte de nosotros viva siempre allí, en ese zenit de belleza unánime e indiscutible. 

Por todo esto, la belleza de Judy existe y radica precisamente en la exhibición de lo más quebradizo de su ser, por todo esto ocupa un lugar en estas páginas sobre las excelencias de la forma y el aspecto, y por todo esto quien niegue a Judy y a su belleza se niega también a sí mismo.