CEMENTERIO DE LA RECOLETA DE BUENOS AIRES. ENTRE LO DIVINO Y LO TERRENAL.

Texto: Vilma Ortiz.


Ubicado en uno de los barrios más exclusivos y lujosos de la ciudad, considerado punto de interés turístico y museo al aire libre, en este cementerio descansa parte de la aristocracia argentina. Casi dos siglos de historia y arte en cinco hectáreas de camposanto.

A principios del siglo XVIII los frailes recoletos construyeron un convento y una iglesia (actualmente basílica) dedicados a la Virgen del Pilar. En 1822, la huerta adjunta fue convertida en el primer cementerio de la ciudad de Buenos Aires por decisión del Gobernador Martín Rodríguez y su Ministro de Gobierno Bernardino Rivadavia, ocupando una superficie de cinco hectáreas que albergan cuatro mil setecientas bóvedas. 

En la actualidad resulta curioso pasear por el barrio y comprobar cómo conviven la suntuosidad y la muerte en una simbiosis sugerente. Constantemente visitado por turistas de todas partes del mundo, el cementerio está rodeado de restaurantes, bares, un shopping center y lujosos pisos de alto standing. Mientras uno disfruta de un exquisito asado argentino, toma un café o dedica unas horas a las compras, con sólo elevar un poco la vista se encuentra con un paisaje de mausoleos, criptas, bóvedas, cúpulas e impresionantes estatuas de ángeles y seres espirituales que nos recuerdan irónicamente nuestra condición de humanos y mortales. 

Pero uno de los mayores atractivos de este camposanto es la gran cantidad de historias insólitas relacionadas con él y sus silenciosos huéspedes. Las hay de pasión, de amores no correspondidos, de odios que traspasan los límites de la muerte, de lealtades, de egos, brindando todas ellas suficiente material como para saciar la curiosidad e incluso el morbo del visitante. 

Allí descansan, por ejemplo, Tiburcia Domínguez y su marido, Salvador María del Carril, que cuentan claramente su relato de desavenencia conyugal: tras treinta años sin dirigirse la palabra, y por expreso deseo de Tiburcia, les podemos ver dándose la espalda para toda la eternidad, uno cómodamente sentado en un sillón, la otra en un busto con expresión despectiva y huraña. 

También está Rufina Cambaceres, muerta a los diecinueve años tras un episodio de catalepsia, y convertida en leyenda gracias al testimonio de cientos de personas que aseguran haber visto a la “dama blanca” vagando triste por el lugar. 

La bóveda de la familia Sáenz Valiente nos transporta a la época en que los amos mantenían la correspondiente distancia con sus sirvientes: la criada Catalina Dogan duerme su sueño perpetuo en el mismo lugar que sus amos pero fuera de la bóveda, en una sencilla tumba. 

Y existe otra sepultura con una crónica fascinante nunca confirmada pero con visos de ser absolutamente cierta, que conserva los restos de Pedro Benoit. Ese nombre esconde en realidad al hijo de Luis XVI y María Antonieta, quien fue rescatado de una muerte cruel en la prisión Du Temple y enviado en 1818 a Buenos Aires, donde destacó como ingeniero.