HOTELES PARA LA EUTANASIA SENTIMENTAL Y LA ASEPSIA SEXUAL CON NUESTRO EX

Texto: Glòria Galiano para Amante Magazine.

 

No quisiera parecer pedante, pero con los años cada vez me siento más sabia. Siento que voy aprendiendo de la vida, de los amigos, de los amores, de los amantes... ¡De mí misma! Y si hay una cosa que he aprendido es que cuando una relación sentimental llega a su fin, lo mejor es la eutanasia. Hay que cortar por lo sano, sin paliativos, con valentía y la mayor frialdad posible. No valen las llamadas de consuelo, ni las cenas de despedida, ni los mails, ni los mensajitos, ni nada de nada. Y si por cuestiones estratégicas -hijos, perros, casas, coches, libros, discos y otros bienes gananciales- debemos mantener algún tipo de relación con la que fue nuestra pareja, hay que actuar con total asepsia. Efectivamente, hasta que ya no sintamos nada, hasta que las heridas no estén curadas del todo, hemos de aplicar la mayor asepsia entre ambos. Y sobre todo hay que observar la mayor asepsia sexual posible. 

Pero si un virus del pasado nos ataca y tenemos un momento de debilidad -y todos sabemos que es muy probable que esto suceda- nunca, jamás, bajo ninguna circunstancia, debe tener lugar en el que fuera el tálamo conyugal o lecho del pecado, que para esto los papeles no importan. La experiencia me ha demostrado que cuando la infección del deseo nos está invadiendo, y el ataque de algún virus latente de repente nos hace sentir la necesidad irreprimible de saltarnos el protocolo de la asepsia sexual con nuestro ex, la única manera de evitar mayores consecuencias es hacerlo en terreno neutral. Hay que buscar un escenario en el que nunca hayan estado y al que nunca tengan que volver; el hotel más cercano, no importa la categoría, ni si la habitación tiene vistas, ni si dispone de room service... ¡No se distraigan en los detalles!

La primera vez que recurrí a un hotel en pleno proceso de eutanasia sentimental, fue después de un “ya que quedamos para que me pases los CD, te invito a cenar y así charlamos”. No sé si fue por el sushi, el wasabi o el sake caliente, pero de repente la despedida se complicó, y cuando sentí sus manos calentitas en mi cintura por debajo de la blusa supe que no había vuelta atrás. Su olor a aftershave de toda la vida borró temporalmente la rabia del desamor. Toda mi piel estaba ya en estado de alerta. Todo mi cuerpo predispuesto a sucumbir. Él sugirió que siguiéramos “en casa” –re riéndose al pisazo que habíamos compartido a pocas manzanas de allí y en el cual ahora vivía yo-. Todo parecía abocarme al abismo. Nos imaginé desnudos en la que ahora era “mi” cama y sentí un vértigo gigantesco. Pero abrí los ojos y el cartel luminoso de un hotel estupendísimo al otro lado de la calle me salvó del desastre. Fue una noche realmente memorable. Al alba le dejé dormido y derrotado en aquella cama king-size sobre unas sábanas arrugadas y aun húmedas. Al llegar a “mi” casa me metí en “mi” cama con la sensación de que por n le había follado como el amor no me había dejado hacerlo nunca. 

Si ese primer “resbalón” post-ruptura fue memorable, no lo fue menos el último. Pero éste fue con premeditación y alevosía. Eso de la eutanasia y la asepsia sexual estaba siendo más duro de lo previsto, ya que no aparecía ninguna alternativa que me ayudara a sobrellevarlo. Así que decidí que más valía malo conocido que bueno por conocer y, aprovechando que era su cumpleaños, invité a mi ex a cenar “por los viejos tiempos”. Reservé mesa en un restaurante buenísimo que, casualmente, está en la planta baja de un céntrico hotel de mi ciudad. También hice una reserva. Lo conozco muy bien. Sabía que la situación le pondría, y que si seguía tomando la iniciativa no opondría ninguna resistencia. Y así lo hice. Ante la falta de asepsia, prefiero lanzarme y llevar las riendas. No puedo contaros todo lo que le hice, pero os aseguro que no puso ningún impedimento. Por la mañana, al despedirnos, me dijo que tenía la sensación de que había abusado de él. Quizá no iba desencaminado...