DÉCADAS PRODIGIOSAS O MI MUERTE VIRTUAL POR EDUARDO MENDICUTTI

Texto: Eduardo Mendicutti para Amante Magazine. · Ilustración: Marina Guiu · www.marinaguiuilustracion.com

Vivir es un prodigio. A veces, uno que tiene sus momentos sobrecogedores, fantasea con la idea de no haber nacido, o con la idea, aún más truculenta, de estar ya difunto. De hecho un día, al final de una charla en uno de esos colegios religiosos concertados en los que nada del comportamiento de los alumnos y alumnas parece realmente espontáneo, uno de los jóvenes oyentes se levantó, muy categórico, y me aseguró que yo ya estaba muerto porque así lo decía Wikipedia. Todos nos reímos mucho pese a que una de las profesoras, ordenador en ristre, comprobó que, en efecto, Wikipedia me había matado en 1998, o sea, a los 50 años de edad. La fecha de mi defunción figuraba clarísima, a continuación de la de mi nacimiento, en mi biografía. La profesora y yo convencimos al alumno de que entrara en la enciclopedia electrónica, libre, políglota y escrita por cualquiera que se lo proponga, y, puesto que yo seguía evidentemente vivo, corrigiese él mismo el entuerto. En efecto, el muchacho lo hizo aquella misma tarde y ya estoy resucitado.

Aunque la verdad es que desde entonces no acabo de estar convencido de que mi vida, durante los últimos quince años, no sea sino un prodigio zombi por el que, eso sí, me muevo como Pedro por su casa. Incluso no estoy ya del todo convencido de que la fecha de mi nacimiento que figura en Wikipedia corresponda a un acontecimiento real, sino sólo a una verdad electrónica y, por supuesto, arbitraria que podría mantenerme eternamente vivo, aunque por desgracia ya no eternamente joven, mientras a ningún botarate se le ocurra volver a matarme a su antojo, si bien también es cierto que siempre estaría a merced de que, en cualquier momento, algún bendito muchacho se propusiera de nuevo resucitarme. Un lío.

Claro que, ahora que lo pienso, si sólo viví de verdad hasta que alguien en Wikipedia decidió matarme en 1998, un tipo que ahora ya no soy yo vivió cinco décadas maravillosas. Los años 50 del siglo pasado fueron el tiempo de mi infancia, y de pronto recuerdo que los señores en Sanlúcar de Barrameda, cerca de El Puerto de Santa María y de Jerez, vestían en verano guayaberas y, tal vez sólo por eso, aquella España hosca y gris me puede parecer en la memoria luminosa y caribeña.

En los 60, el adolescente que fui se enamoró perdidamente de Françoise Hardy. De modo que aquella fue sin duda la época menos gay de mi vida. En los 70, alguien que se llamaba como yo me llamo ahora empezó a ganar premios literarios y a publicar, y además se hizo rojo y revolucionario y se emocionaba hasta las lágrimas cantando a solas Grândola, Vila Morena, la canción de la portuguesa revolución de los claveles. Luego, aquel tipo, ya entrados los 80, se iba todos los veranos a California, se olvidó de la revolución y andaba todo el rato como viviendo dentro de una canción de The Village People, no hace falta decir más. Al final de los 90 fallecí, según Wikipedia, ya digo.

Después de eso, a lo mejor empezó mi vida zombi. A finales de la primera década del siglo XXI me dieron una pésima noticia relacionada con mi salud, pero nadie volvió a matarme en Wikipedia, que yo sepa. O quizás sí, y yo sin enterarme. De todos modos, en el arranque de esta década que estamos viviendo me enamoré y, si estaba muerto, ese bendito muchacho me resucitó. Y aquí sigo, prodigiosamente vivo. De momento.