ANITA EKBERG

Por: María Estrada

LA SENSUALIDAD BAJO LA FONTANA

Anita Ekberg fue una mujer de vida publicada. Desde que diera el salto a la gran pantalla acompañada por Marcello Mastroianni en La Dolce Vita, todos los objetivos de las revistas rosáceas perseguían su mito buscando una declaración subida de tono, una foto provocativa o una de esas miradas felinas con las que conquistó a sus fans de mediados del siglo XX. 

Si Marilyn, su rival más directa en términos laborales, era introvertida, reservada y de un misterio casi oculto, la protagonista de la masterpiece de Fellini pecaba de extrovertida y alocada, y precisamente fueron esas las cualidades que le llevaron a robar los sueños del género masculino aturdido por el personaje atolondrado, indiscreto e irrevocablemente sexi. 

Nadie que haya visto a la actriz de origen sueco en la escena de la Fontana de Trevi podrá jamás olvidar su pronunciado escote bañado por el agua nocturna o su provocativo contorneo buscando las miradas de un Marcello que, sucumbido por la magia del felino, se rinde a sus pies como un pobre hechizado. Y es que las musas es lo que tienen, que una vez que lanzan el hechizo, la presa no puede sino abandonarse a su hechicera y dejarse embaucar, como hizo Mastroianni, por la sensualidad abrumadora que Anita derrochaba.