EXPERIENCIAS EN LA HABANA

UN VIAJE MEMORABLE DE MARÍA GRACIA SUBERCASEAUX

Texto y fotos: María Gracia Subercaseaux.


Partí a Cuba en el peor de los escenarios: dos días antes de mi llegada recibí una llamada muy temprano, una de esas que te despiertan agitado y confundido sabiendo que algo malo ha pasado. La llamada era para avisarme de que mi mamá había tenido un gravísimo accidente junto a unas amigas camino al aeropuerto de La Habana, y que estaba internada en el único hospital para extranjeros, el Cira García, con un diagnóstico nada alentador.
Un neumotórax, clavícula y 11 costillas fracturadas. Llegué a la hora del almuerzo. En el avión viajaba un amigo que conoce muy bien la isla, y me dejó en la clínica y me ayudó constantemente. Cuando llegué al hospital, el encuentro fue emocionante y desgarrador. Era yo la encargada de cuidar y sostener el ánimo de mi madre, y de ahí en adelante empezó lo que se convertiría en uno de mis más memorables viajes.

En los momentos dolorosos aparecen muchas almas caritativas y generosas. Un amigo que no veía hace años estaba viviendo en la ciudad y me ofreció alojamiento y un verdadero hogar. Su mujer era reportera de Reuters, y me tocó compartir con todos los corresponsales extranjeros de AP, AFP, UPI, EFE, CNN, enterarme de los detalles más sabrosos de la vida de Fidel y su equipo y pasar momentos inolvidables conversando con ellos que me hacían olvidar por un rato el infierno que me había convocado. Mi máquina de fotos Hasselblad fue mi gran compañera, salía temprano en la mañana desde la Plaza de la Habana Vieja en dirección al hospital, caminaba largo rato por el Malecón registrando la melancolía y belleza de ese lugar y de sus habitantes.
Luego pasaba horas acompañando a mi mamá y conversando con médicos y enfermeros, y no había ni uno que no me pidiera por favor que lo sacara de la isla, todo esto afuera de las habitaciones porque muchas de ellas tenían micrófonos. Me hacían la mímica para indicarme que no preguntara nada difícil. A veces me acompañaban a almorzar a los Paladares cercanos y me mostraban un poco más de aquella maravilla de ciudad.

Al cabo de una semana mi mamá fue dada de alta y como premio recibimos una magnífica invitación, un almuerzo en casa de mi amigo con Gabriel García Márquez, imposible mejor manera de terminar aquella experiencia.